A vueltas con el botellón y molestias varias

Antecedentes: el famoso no-botellón de Madrid el viernes pasado.
Qué hay: he leído un par de comentarios interesantes de Rinzewind (aquí el resto) y el Teleoperador (via el Manifestómetro) sobre el viernes 17 de marzo con los que no estoy de acuerdo en absoluto, tanto por lo que han elegido destacar del viernes como por cómo habla Rinzewind del botellón.

El Teleoperador se despacha a gusto con los cuatro chavales que se acercaron a, básicamente, hacer el idiota y ser manipulados en Moncloa.

Rinzewind hace lo propio con el mismo tipo de niñatos y con la propia actividad del botellón.

Yo, por mi parte, he tenido ya unas cuantas discusiones de este tipo con gente pro-botellón, dado que a mis 25 años he elegido ir a muy pocos botellones (algunos cumpleaños y poco más), más que nada porque (y van en orden):

  1. tener parque y sólo parque no me hace gracia cuando he estado ingiriendo el líquido que sea durante un rato (como si es agua): agradezco un mínimo de intimidad e higiene,
  2. será que soy comodona, pero la idea de sentarme encima de mierda (sea basura, tierra sin hierba o una cagada de perro) me atrae algo así como nada,
  3. la idea que me transmitían mis amigos botelloneros a los 16 años sí era la de “vamos a enchuzarnos por poco dinero rápidamente para luego salir y que se pase a tiempo de llegar a casita” y es una impresión que ha perdurado bastante tiempo,
  4. no soporto la imagen que se transmite: hordas de jóvenes desperdigando basura por todas partes y una excusa más para ponernos a parir, hace años y ahora que ya soy más mayor,
  5. la idea de que muchos lo hacían “porque todos lo hacen”, que en general me da asquito,
  6. el calimocho me parece una aberración para el paladar (pero, vamos, tampoco hay por qué tomarlo…),

Dicho esto, añado que me parece una gilipollez la ley “anti-botellón”. Está más que claro desde el principio ni de coña es por defender el derecho a dormir tranquilamente de los vecinos de la Plaza del 2 de mayo, por ejemplo, o por procurar una mayor limpieza, sino una mera cuestión de tener a los negocios contentos, para que puedan seguir cobrando sus cubatas a 8 y 9€ sin preocuparse pensando que el botellón les roba clientes (ilusos: nadie que se vaya de botellón va a empezar a pagar esos precios). Señores: o prohiben las reuniones de gente en las plazas después de cierta hora o van a tener que dejarles beber lo que quieran, porque no es el calimocho el que molesta o el que ensucia, es la falta de educación de la gente la que lo hace. Viejos y críos (o será que la única basura y los únicos gritos que tenemos que aguantar son de botelloneros, no te…).

Esto es lo que me quema. No se es menos borrego por asumir que toda persona que bebe o que va a un botellón es un gilipollas de 15 años con la capacidad de comunicación de un babuino, como los de los (hilarantes) ejemplos del Teleoperador. ¿Qué es esto, un “todos los jóvenes son unos capullos”? ¿”Yo soy mejor porque no bebo”? Cada cual elige lo que bebe: yo no soporto el calimocho, no aguanto la cerveza si no es de sabores y me da náuseas el whiskey, pero sí disfruto un [vodka de un par de marcas] con sorbete de limón, por ejemplo, o con limón a secas. ¿Molo más por beber más o menos habitualmente? ¿Molo menos por disfrutar unas cosas pero no otras?

Y dice Rinzewind en una respuesta a algún comentario:

“Nunca he visto en el botellón nada más que una concentración de borregos. La excusa de “es que es la única forma que tienen de beber asequible” me llevaría a plantearme la necesidad de tener que beber. Ya ves, abstemio radical que es uno. Me hubiese partido si cuando surgió la ley antibotellón, que presuntamente era para paliar las molestias vecinales, y nunca porque se consumiese alcohol, hubiesen hecho uno en el mismo sitio que antes, armando la misma bronca, pero con botellas de agua, a ver qué cara se le ponía al mandamás de turno. Eso hubiese sido protestar. El seguir haciendo botellón simplemente fue una demostración de “por mis huevos” que no cambia nada.”

Podría darme por aludida, puesto que (si la memoria no me falla) he estado en dos o tres cumpleaños-botellón y algún otro con amigos míos y amigos de mi pareja, pero, bien, sé que no va ninguno de nosotros sino por todos esos del tipo que cita el Teleoperador en el post. Y es lo que me molesta de este caso concreto (el 17 de marzo): que se tengan que destacar las frases o acciones de cuatro idiotas presentes como si fuesen representativos de algo. Si había no más de cuatro gatos era por: a) el frío, claro, pero también b) que la mayoría pasa(n/mos) mucho, que nos parecía una gilipollez y que nos importan cosas distintas.

Tampoco es que quiera ignorar que niñatos como ésos existen y proliferan – como si se pudiesen ignorar. Y, al paso que vamos con la Educación (y me refiero a los últimos 10 años, por cierto, que esto no ha ocurrido de la noche a la mañana) y la falta de responsabilidad de los padres sobre sus hijos, cada vez se me antoja más complicado corregirlos. Lo que me molesta es que se asuma que son la perfecta representación de lo que es el botellón y sus motivos, igual que hace años me jodía que me asimilasen a muchos compañeros capullos de los que cada viernes quedaban en Moncloa y luego se iban a Cats (ARRRGH).

Así que me meto de lleno en los prejuicios que me han sorprendido viniendo de quien venían:

  1. Sólo quieren enchuzarse por poco dinero; ¿no ven que mejor es no beber alcohol?: señores, como si la gente sólo bebiese alcohol en un botellón; a 4€ un botellín de 20cl de coca-cola en un pub, ser abstemio no mejora las posibilidades de remojar la garganta fuera de casa  a un precio razonable, así que menos acariciarse el halo de santo (que, lo siento, pero es a lo que suena). Sin ser botellonera, sí digo que los bares se pueden meter esos precios donde les quepan.
  2. No protestaron llevando bebidas sin alcohol armándola igual: falso. Esa idea ya la hemos dicho tanto los que no somos aficionados al botellón como los que sí desde que se implantó la ley y muchos lo hicieron, precisamente porque no son borregos todos los que van.
  3. Ha sido un por mis huevos: los niñatos de 14 años (o de edad mental equivalente), que se piensan que se es todo un revolucionario por algo así, puede que sin comprender por qué era estúpida la prohibición se la saltasen. Para la mayoría, el saltársela surge de comprender que era estúpido y que era una medida hipócrita, era un “No estoy haciendo nada malo, no tienen por qué prohibírmelo y menos por un motivo tan asqueroso como los ~#€@ bares”.

Y estoy de acuerdo: puede que no sea una actividad que a mí me guste, pero tampoco me gustan los locales de pachanga y no por ello me parecería aceptable que se prohibiesen. Lo que me puede joder es el efecto/molestias/peligros para terceros que pueda tener una actividad, pero mientras eso se controle (ver más abajo), por mí que cada cual se reúna como y donde quiera.

Por cierto, ¿cuando quedo con mis amigos en casa de alguien o en un club para una cenita (opcional) con bebidas que compramos, no cuenta como botellón? (Pues va a ser que de ésos sí que he hecho varios y tan feliz.)

Por otro lado, las “discusiones” que mencionaba antes han sido, sobre todo, con mi pareja, entusiasta del botellón (qué le vamos a hacer, aún no me ha llegado la maquinita sujeta-párpados de la Naranja Mecánica que compré por internet). Y, sí, he moderado mi postura anti-botellón de un tiempo a esta parte por conocer gente como él y sus amigos (os podéis meter los “Oooh…” por donde ya quisierais un buen azote) y ver las diferencias con el planteamiento de aquellos 16 años. Repaso los argumentos que me han convencido:

  1. “Es una extensión del quedar con los amigos de tu barrio a charlar; cuando creces, pues sigues igual pero con bebida, sí”: yo no tengo esa cultura, nunca me ha dado por quedar en el banco de debajo de mi casa (probablemente por las pocas ganas que tenía de cruzar más de un “Buenos días” con la mayoría de mis vecinos de colegio-de-monjas-pero-con-una-boquita-y-unos-modales-que-para-qué, pero eso es otra historia). Pero después de verle la costumbre totalmente arraigada de quedar para dar una vuelta “por el barrio” porque sí, me lo creo.
  2. “Jamás dejamos basura; como cuando te vas de acampada: lo que traes, te lo vuelves a llevar”: pues tengo que dar fe de ello. Era uno de los puntos en los que soy más beligerante: no soporto ver Moncloa – o cualquier otra zona – llena de mierda hasta arriba, pero sé que no va a cambiar gran cosa por que haya alcohol o no: más falta haría educar a la gente (padres e hijos, que, como se puede comprobar en cualquier ciudad en cualquier momento, aquí no se salva ni el tato). De hecho, soy completamente partidaria de pasar de si la gente lleva alcohol y centrarse en ver la mierda que dejan: al primer mes de irle haciendo recoger con la boca -y tragarse después- la mierda que van dejando, seguro que la gente habría aprendido a tener un cuidado exquisito. Pero eso soy yo que soy un poco bruta.

Queda por solucionar el tema del ruido. También es uno de mis puntos favoritos: me alteran increíblemente los gritos y las voces. No soporto que dos vecinos se cuenten sus historias a voces de ventana a ventana, despertándome (con lo que cuesta). No soporto la gente que tiene que hablarse a gritos en el metro (típicamente, pero no siempre, algunas señoras entradas en años y carnes y niñatos capullos que responden a nombres como Jenny, Vane o Kevin con necesidad de ir dando la nota a todas partes). Y sí, estoy tirando de estereotipos con todo el morro. Estereotipos que me he forjado a base de moverme cada dichoso día durante un mínimo dos horas en el metro desde hace muchos años.

De nuevo, la única solución real que veo es la progresiva educación (en casa primero, luego en el colegio). Mi parte bruta me pide un condicionamiento algo más rápido a base de descargas controladas por volumen de ruido emitido por el sujeto, pero queda mal decirlo.

¿Aplicación al caso botellón? Escasa: mientras las generaciones de ruidosos maduran y se educa bien a las nuevas, sólo queda procurar “reconducir a la gente”. Si se ponen facilidades para que se reúnan en según qué parques, la gente no seguirá empecinada en reunirse en una calle con vecinos que les echan cubos de agua desde el segundo piso (y no me lo estoy inventando): que alguien me diga qué vecino puede ser molestado en el Parque del Oeste o en Ciudad Universitaria, seamos serios.

Hala, ya va siendo hora de que lo deje, pero hay una última cosa: no he tocado el tema “rebeldía” porque me parece patético. Cada vez que alguien lo usa para defender el botellón o para burlarse de él, no sé si echarme a reír o a llorar. Venga ya… Los motivos son bastante más de andar por casa y más prácticos, así que a buscar algo jugoso a otra parte, que lo de “los jóvenes españoles entienden por rebeldía el botellón mientras los franceses pelean por el empleo”, que empieza a apestar. Pero si aquí no queda rebeldía alguna, ni para unas cosas ni para otras…

~ por nushh en 2006/03/20.

6 comentarios to “A vueltas con el botellón y molestias varias”

  1. Sí, sí, pero al tema: ¿el finde rolero qué ta?😛

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